28 de febrero de 2013


 

" Entra en la habitación como si algo -¿el aire?- la empujase hacia adelante. Entra, respirando ansiosamente por la boca sobre la que se conserva un aire niño, quizá, los dientes algo prominentes, no mucho, sí lo suficiente para dar a su fisonomía aquel envidiable aire juvenil, aire de zorra, zorra también en el pelaje rojizo que ondea algunos centímetros arriba de los hombros; rojizo con ayuda de Joseph y así es Joseph quien la llama afectuosamente: su turno, venga de una vez, Colorada.

La llamaban Colorada sus padres, sus maestros, los chicos de la cuadra, único ámbito memorable por el que transitó su infancia. Y aunque no lo era del todo – oh no, sólo una argentina típica y castaña- siempre le gustó el apodo. De adolescente, hurgaba sus brazos y sus piernas para descubrir el vello rojizo que la destacaba entre las demás. Una colorada en el barrio de Belgrano, Buenos Aires, no era común. Y entra, echando aires, un poco porque siempre le ha costado desplazarse –sus pulmones, su tos constante-, otro tanto porque ha crecido, ya es casi lo que la gente llama una mujer mayor; y de mayor se va perdiendo la seguridad en el trato, la forma de mantenerse erguida o de sentarse.

Como un viento de confuso origen ella siente que su estadio de mujer mayor le quita oportunidades de gracia y de estabilidad. Están las manos que –como otrora, a los trece, por ejemplo- se convierten en instrumentos difíciles de manejar. Están las piernas, más pesadas. Están los ojos y el cabello, colorado con la ayuda de Joseph, tan espeso y compacto, todavía legendario. "

Marta Lynch
(Fragmento de "La penúltima versión de la colorada Villanueva")





CENIZAS

La noche se astilló de estrellas
mirándome alucinada
el aire arroja odio
embellecido su rostro
con música.

Pronto nos iremos

Arcano sueño
antepasado de mi sonrisa
el mundo está demacrado
y hay candado pero no llaves
y hay pavor pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?

Porque a Ti te debo lo que soy

Pero no tengo mañana

Porque a Ti te...

La noche sufre.

Alejandra Pizarnik
Foto: Recova en Hipólito Irigoyen, Plaza de Mayo





"... Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso...
Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada...
Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada...
Y no lo sabe, igualita a la golondrina.

No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga.
Ese desorden que es un orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas.
Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en prejuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo.
Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la "Maga" que me juzga sin saberlo.
Ah, dejame entrar, dejame ver algún día como ven tus ojos..."

Julio Cortazar
(Fragmento de Rayuela)



27 de febrero de 2013

"Un Cuentito"

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: los aliados habían ganado la guerra porque los alemanes eran gente mala y de los japoneses mejor ni hablar. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia del cine), que los alemanes y los japoneses eran también seres humanos y que a algunos aliados era mejor perderlos que encontrarlos. Y después hubo más guerras, que parecían más chicas, pero también mucho menos claras. Y después...pero esto es otro cuento.

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: había que crecer sano de cuerpo y alma. Había que creer en los mayores y en los maestros. Había que respetarlos y respetar los valores que ellos respetaban: el honor, la justicia, la dignidad, la solidaridad, la libertad responsable, la ciencia al servicio de la humanidad...y había más. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia de la perspectiva) que los grandes a veces eran tamaño mediano y que con respecto a algunos valores, tampoco había que ser fanático no? Y después.....pero esto es otro cuento.

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: las nenas tenían que portarse como señoritas y los varones como hombrecitos. Las nenas podían llorar, los varones podían pegar; una nena tenía que ser seductora, un varón tenía que ser valiente. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia del psicoanálisis), que todo era un poco más complicado. Y después vimos como dos generaciones en las que nadie quiere ser ni señorita ni hombrecito, porque con ser humano ya tiene bastante trabajo...pero ese es otro cuento.

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: los amigos eran los hermanos del alma, la gente que lo quería a uno, no porque fuera lindo o feo, abanderado o burro, sino porque uno era uno. Y los amigos eran la gente por la que había que jugarse, con la que había que compartir, por la que valía la pena vivir. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia de la suerte que es grela), que todo este asunto también podía ser llamado "amiguismo" y tratado como una enfermedad antigua, que hay que curar sin falta cuando termina la adolescencia. Y después, incluso empezó a aparecer una enfermedad peligrosa....pero esto es otro cuento.

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: cuando se llegaba a la edad y al momento adecuado, uno se enamoraba de alguien del otro sexo (porque había dos) y se casaba para afrontar juntos la dicha y la desdicha. Y tenía hijos, y plantaba árboles y envejecía tomado de la mano. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia de la naturaleza, en la que nada se pierde y todo se transforma) que uno no es eterno y entonces sus sentimientos tampoco. Y los del otro tampoco. Y después vimos que esto de la pareja funciona también como complicidad para el crimen de la pareja...pero esto es otro cuento.

Entonces, cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: su uno en las guerras estaba del lado de los buenos; si uno respetaba los grandes valores de sus mayores y sus maestros; si uno se portaba como un hombrecito o si no tenía mas remedio, como una mujercita; si uno era leal con sus amigos; si uno era capaz de amar y ser amado; uno podía, por fin, ocupar el lugar del que había tratado de hacerse digno durante toda su vida; un lugar en el gran banquete del mundo, ese que se celebra cuando el ser humano ha alcanzado la plenitud creadora: el banquete de la madurez.
Y la madurez es ahora. Y yo no sé ustedes, pero a mí, a este banquete nadie me ha invitado.
Y colorín colorado, yo no se a ustedes, pero a mí me parece que este cuento se ha terminado.

Aída Bortnik
(1935) es una guionista y escritora argentina. Ha escrito innumerables guiones para películas, de las cuales dos: La tregua (mejor película extranjera) y La historia oficial (mejor película extranjera y mejor guion original) fueron nominadas al premio Oscar, ganando la segunda como mejor película extranjera. En su extensa trayectoria ha recibido gran cantidad de premios y reconocimientos.




Buenos Aires

Antes yo te buscaba en tus confines
Que lindan con la tarde y la llanura
Y en la verja que guarda una frescura
Antigua de cedrones y jazmines.
En la memoria de Palermo estabas,
En su mitología de un pasado
De baraja y puñal y el dorado
Bronce de las inútiles aldabas,
Con su mano y sortija. Te sentía
En los patios del sur y en la creciente
Sombra que desdibuja lentamente
Su larga recta, al declinar el día.
Ahora estás en mí. Eres mi vaga
Suerte, esas cosas que la muerte apaga.

Jorge Luis Borges
Foto: Parlemo (Del Libro Buenos Aires Buenos Aires)
Dame la mano

Dame la mano y danzaremos;
dame la mano y me amarás.
Como una sola flor seremos,
como una flor, y nada más...

El mismo verso cantaremos,
al mismo paso bailarás.
Como una espiga ondularemos,
como una espiga, y nada más.

Te llamas Rosa y yo Esperanza;
pero tu nombre olvidarás,
porque seremos una danza
en la colina y nada más...

Gabriela Mistral
Foto: Gabriela Mistral y Victoria Ocampo.
(Del Libro Victoria Ocampo en Fotografías)


26 de febrero de 2013


Canción del Jacarandá

Al este y al oeste
llueve y lloverá
una flor y otra flor celeste
del jacarandá.

La vieja está en la cueva
pero ya saldrá
para ver que bonito nieva
del jacarandá.

Se ríen las ardillas,
ja jajá jajá,
porque el viento le hace cosquillas
al jacarandá.

El cielo en la vereda
dibujando está
con espuma y papel de seda
del jacarandá.

El viento como un brujo
vino por acá.
Con su cola barrió el dibujo
del jacarandá.

Si pasa por la escuela,
los chicos, quizá,
se pondrán una escarapela
del jacarandá.

María Elena Walsh/Palito Ortega


Dos Cuerpos

Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos olas
y la noche es océano.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos piedras
y la noche desierto.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces navajas
y la noche relámpago.

Dos cuerpos frente a frente
son dos astros que caen
en un cielo vacío.

Octavio Paz
Foto: Montmartre, 1965





ROMANCE DE LOS VANOS ENCUENTROS

"No preguntes quién pone en este canto
un alma destinada al sufrimiento
y un pobre corazón que te ama tanto."
      

I
Bronces de las ocho y media
nos llaman cada mañana
-entre tu casa y mi casa-
de dos cornisas y un breve saludos de camaradas.
      
¡Estás tan bella, vestida
de crujiente espuma blanca
baje ese sol de las ocho
que te ciñe y que te alaba!
      
Sus amarillas saetas
bordan en tu pelo el aura
que me recuerda las leves
imágenes de las santas.
      
(Pienso que rezarte a ti
tal vez me salvará el alma...)

II
Las campanas matinales
ponen música en la senda
por donde a tu escuela vas,
por donde voy a mi escuela.
      
Tontamente, tontamente
me vuelve la vieja idea
cada vez que nos cruzamos
en nuestras rutas opuestas:
pienso en el ayer que ataba
con una risa dos sendas,
cuando jamás nos cruzábamos
tú y yo en camino a la escuela.
      
Con una misma campana,
con una misma existencia,
y por una misma calle
con sol de las ocho y media...
Para nosotros, entonces,
había una sola escuela.       

III
La señorita maestra
pasa vestida de blanco ;
en su oscuro pelo duerme
la noche aún, perfumado,
y en lo hondo de sus pupilas
yacen dormidos los astros.
      
Buenos días señorita
del caminar apurado;
cuando su voz me sonríe
olvido todos los pájaros,
cuando sus ojos me cantan
se torna el día más claro,
y subo la escalinata
un poco como volando,
y a veces digo lecciones.

Julio Cortazar
Foto: Del Libro Buenos Aires Buenos Aires

25 de febrero de 2013






Chiquilín de Bachín

Por las noches, cara sucia
de angelito con bluyín,
vende rosas por las mesas
del boliche de Bachín.

Si la luna brilla
sobre la parrilla,
come luna y pan de hollín.

Cada día en su tristeza
que no quiere amanecer,
lo madruga un seis de enero
con la estrella del revés,
y tres reyes gatos
roban sus zapatos,
uno izquierdo y el otro ¡también!

Chiquilín,
dame un ramo de voz,
así salgo a vender
mis vergüenzas en flor.
Baleáme con tres rosas
que duelan a cuenta
del hambre que no te entendí,
Chiquilín.

Cuando el sol pone a los pibes
delantales de aprender,
él aprende cuánto cero
le quedaba por saber.
Y a su madre mira,
yira que te yira,
pero no la quiere ver.

Cada aurora, en la basura,
con un pan y un tallarín,
se fabrica un barrilete
para irse ¡y sigue aquí!
Es un hombre extraño,
niño de mil años,
que por dentro le enreda el piolín.

Chiquilín,
dame un ramo de voz,
así salgo a vender
mis vergüenzas en flor.
Baleáme con tres rosas
que duelan a cuenta
del hambre que no te entendí,
Chiquilín.

Letra: Horacio Ferrer
Música: Astor Piazzolla
Foto: Sara Facio





"...El circo de la noche porteña inconcebible en otros climas. Después de un invierno rápido y sin historia, del que nadie se acuerda, empieza la noche sedosa y caliente,, con los perfumes de las plazas y el perfil de las mujeres, la noche que dura meses, la invitación a la caminata, al carnaval, a la cerveza helada después de tanto cine y tanto calor. Para esta memoria empecinada la noche porteña huele a árboles  y sombra, Boyacá, Tinogasta, Paraguay al dos mil, a interminable discusión sobre las cosas del cielo y de la tierra a lo largo de itinerarios y cigarrillos que entran hasta las dos o las tres de la mañana, a zaguanes con mayólicas o puertas de departamentos donde las manos y los labios se despiden en un silencio roto apenas por un grillo en el patio, por un raro golpe de viento en las copas de los plátanos. "

Julio Cortazar
(Del Libro Buenos Aires Buenos Aires)
Foto: Parque de Diversiones en Av. Del Libertador y Schiaffino)

Estaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circunstancias que nos habían separado. Yo deseaba creerle, pero él no era Él. Gemelos, hermanos mellizos me obligué a pensar. Pero Jesús nunca había tenido hermanos, este Jesús mío.
Me besó cariñoso y sin presión y el brazo en la espalda me hizo creer por un momento. Inicié un tanteo:
—¿Cómo te fue en Londres?
Bien; por lo menos me parece. Con esas cosas nunca se puede estar seguro — me miró sonriendo.
Más importante —dije— es saber si te acuerdas de la fiesta de despedida. Del epílogo, quiero decir.
Me miró burlón y dijo:
—¿Es una pregunta? Bien sabes, y lo volverás a saber esta noche, que no podía olvidar. Recuerdo tus palabras sucias y maravillosas. Puedo repetirlas, pero...
—Por dios, no —casi grité y la cara se me encendió.
—No soy tan bruto. Era un juego, una amenaza cariñosa.
—Frente a las dos botellas sonrió, burlándose. Una era de vino rojo, la otra de blanco.
— A esta hora, y como siempre, un vaso de blanco.
Él prefería así, Él hubiera dicho las mismas palabras.
Bebimos y después caminamos, recorriendo la casa. Este él andaba lento, casi sin mirar a los costados y se detuvo en la puerta del dormitorio.
Miraba la cama, sonreía, me puso un brazo sobre los hombros, me pellizcó la nuca y, como siempre, me puse caliente y húmeda.
Entre sábanas, viéndolo desnudo, sintiendo lo que sentía supe que él no era Él, no era Jesús. En la cama ningún hombre puede engañar a una mujer. Pero después del jadeo y el cigarrillo, dijo:
—Bueno. Vamos a mirar el van gogh. Sigo creyendo que es falso, que hiciste una mala compra para la galería.
Lo mismo, iguales palabras, me había dicho Jesús antes de viajar a Londres. Y sólo Él y yo estábamos enterados de la compra clandestina del van gogh.

Juan Carlos Onetti
(El Impostor) 


24 de febrero de 2013

"PRIMERO SE LLEVARON"

Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me im
portó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Mas tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mi, pero es demasiado tarde.

Bertolt Brecht.
(Poesía "Primero se llevaron")

Foto: Cipe Linconvsky.
(Nacida en 1933) Actriz argentina. Intérprete de obras de Chéjov, Max Frisch y Brecht en los inicios de su carrera, ha alcanzado celebridad a partir de 1974 con sus recitales, además de haber incursionado en gran cantidad de obras teatrales, cine y televisión.

En 1988 recibió el premio del Festival de Cine de San Sebastián a la mejor interpretación femenina por "La amiga", de J. Meerapfel, junto a Liv Ullman. En 1991 realizó una gira por Europa y Japón con la obra “Nijinsky”. En 1992 actuó en la obra “Siempre vuelvo” en el Festival Internacional de Caracas, ganando el Premio “Juana Sujo” y actuó junto a Vittorio Gassman en “Moby Dick”.

También en 1992 presentó su espectáculo “Lo mejor de Cipe” en el Festival Internacional de Unipersonales de Israel ganando el primer premio. En 1993 obtuvo el Premio ACE por la misma obra.

En 1994 obtuvo los premios María Guerrero y Florencio Sánchez como Mejor Actriz debido a su actuación en “El patio de atrás”.
En 1998 presentó “Cipe dice Brecht” recibiendo el Premio Habima al Mejor Unipersonal en Israel.
En 1999-2000 realizó una gira internacional actuando en “Che, Quijote Bandoneón” de Maurice Béjart.
Es ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.






"...Tener un jardín, es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige, a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado,
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos, jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero."

Diana Bellesi
(Fragmento del poema "He construído un jardín")


El viento en la isla

El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.

Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.

Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.

Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.

Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.

Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.

Pablo Neruda



23 de febrero de 2013


Frases de Mafalda:

"En todas partes del mundo ha funcionado siempre muy bien la ley de las compensaciones, al que sube la voz, le bajan la caña..."

"¿Y por qué habiendo mundos más evolucionados yo tenía que nacer en éste?"

"Lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre."

"¿No será acaso que ésta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida?"

"La justicia vence siempre, pero nunca nadie levanta los pagarés"

"¡ Desde esta humilde sillita formulo un emotivo llamado a la paz mundial !"

"La vida es linda, lo malo es que muchos confunden lindo con fácil."


QUINO
Joaquín Salvador Lavado Tejón (Guaymallén, Provincia de Mendoza, Argentina, 17 de julio de 1932), más conocido como Quino, es un pensador, humorista gráfico y creador de historietas de nacionalidad argentina. Su obra más famosa es la tira cómica Mafalda (publicada originalmente entre 1964 y 1973). Entre todos los premios recibidos durante su carrera, ha recibido el Premio Konex 2012 a las Artes Visuales, galardón destinado a significativas personalidades por su desempeño y trascendente aporte a las Artes Visuales Argentinas y el 1º de Diciembre del mismo año ha sido condecorado con La Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura de Francia.



"Los domingos son del pobre, inútil que yates y petisos de polo, inútil que autos con chofer y que mandatarios y estancieras en peristilos o palacetes. El domingo porteño es ese camión donde los muchachos instalan a mamá o a la tía, ponen el cajoncito de cerveza y los chorizos para la  parrillada, la sandía, la radio entre discusiones y silbidos, y Dios querido carpeteá esa nube a ver si ahora llueve justo cuando estábamos fenómeno. "

Julio Cortazar
(Del Libro Buenos Aires Buenos Aires)
Foto: Costanera Norte





"Las zonceras son principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia -y en dosis - con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido"

"Las zonceras no se enseñan como una asignatura. Están dispersamente introducidas en todas y hay que irlas entresacando... se apoyan y se complementan unas con otras, pues la pedagogía colonialista no es otra cosa que un puzzle de zonceras. ...de la comprobación aislada de cada zoncera llegaremos por inducción -del fenómeno a la ley que lo rige- a comprobar que se trata de un sistema, de elementos de una pedagogía, destinada a impedir que el pensamiento nacional se elabore desde los hechos, es decir desde las comprobaciones del buen sentido."
"Civilización y barbarie, esa zoncera madre que las parió a todas: Todo hecho propio por serlo, era bárbaro y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar."
"Descubrir las zonceras que llevamos adentro es un acto de liberación: es como sacar un entripado valiéndose de un antiácido, pues hay cierta analogía entre la indigestión alimenticia y la intelectual. Es algo así como confesarse o someterse al sicoanálisis -que son modos de vomitar entripados-, y siendo uno el propio confesor o sicoanalista".

Arturo Jauretche
(Fragmento de "Manual de Zonceras argentinas")




22 de febrero de 2013


 

Fundación mítica de Buenos Aires

¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.

Jorge Luis Borges


"Yo también tengo ruinas
y si acudo al pasado
ya no sé a quién o a quiénes
busco entre los escombros
son ruinas sin prestigio
sin guías y con musgo
inmensas y mezquinas
señas de lo que fui
columpios desnudeces
huellas crepusculares matutinas nocturnas
la luna las descubre
les dice lo que eran
columnas de tesón cúmulos de experiencia
pedernales de amor
catacumbas de miedo..."

Mario Benedetti
(Fragmento del Poema "Ruinas")


Sube, Sube, Sube

Sube, sube, sube
Bandera del amor
Pequeño corazón
Y brilla como el sol
Y canta como el mar.

Canta como el viento
Peinador de trigo
Canta como el río
Canta pueblo mio.
Si, los pueblos que cantan
Siempre tendrán futuro.

Dame tu esperanza américa india
Dame tu sonrisa  américa negra
Dame tu poema américa  nueva,
América nueva, américa nueva . . .
Volara tu cóndor y el viento del sur
Soplara las alas de américa azul.
Todo el sur, como un corazón, como un pan,
Subirá al cielo de un amanecer sin dolor ...

Sube, sube, sube bandera del amor
Pequeño corazón
Y brilla como el sol
Y canta como el mar.
Canta por las voces
De los que soñaron
Canta por las bocas
De los que lloraron.
Canta ...
Canta por los bellos
Días que se han ido
Canta por mañana
Canta buen amigo.
Canta ...

Letra: Víctor Heredia.

21 de febrero de 2013







“En algún momento de la edad adulta, la mayoría de la gente cae en la cuenta de que un siglo no es más que el doble de sus años. A partir de este pensamiento, toda la historia se precipita junta y a partir de este momento viven ya dentro de la historia del tiempo, en vez de mirarla desde fuera, como observadores. Sólo hace diez o doce veces su vida, Shakespeare estaba vivo. La Revolución francesa fue el otro día. Hace cien años, no mucho más, fue la Guerra Civil norteamericana. Antes parecía como algo de otra época, casi de otra dimensión del tiempo o del espacio. Pero una vez has dicho: Cien años es dos veces mi edad, te sientes como si hubieras estado en aquellos campos de batalla, o curando a aquellos soldados. Con Walt Whitman, quizás.”

“En primer lugar estaba el hecho de que ella estaba enamorada. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que estar enamorada es una condición poco importante, o incluso cómica. No obstante, hay pocos estados más dolorosos para el cuerpo, el corazón y –peor aún– la mente, pues es la mente la que observa cómo la persona que se supone que la rige se comporta de una manera loca e incluso vergonzosa. La realidad es –pensó ella, mientras se negaba a permitir que sus ojos se vieran arrastrados hacia Bill y se quedaba sentada y hablando con Stephen, feliz por tener esta distracción– que hay un espacio de la vida demasiado terrible como para que lo reconozcamos. Porque las personas se enamoran con frecuencia y no se enamoran en condiciones de igualdad, ni tan siquiera al mismo tiempo. Se enamoran de gente que no está enamorada de ellas como si existiera una ley al respecto, y esto lleva a que… si el estado en que se encontraba ella no se viera seguido de cerca por un inocuo “enamorarse”, entonces sus síntomas habrían sido los de una auténtica enfermedad.

A partir de esta idea o espacio central salían distintos senderos y uno de ellos era el hecho de que el destino de todos nosotros, envejecer, o incluso hacernos mayores, es tan cruel, que mientras gastamos todas y cada una de nuestras energías en intentar despistarlo o posponerlo, en realidad raramente conseguimos que su constatación no nos hiera aguda y fríamente: de ser esto –y miró a su alrededor a la gente joven– uno pasa a ser aquello, una cáscara sin color, sobre todo sin lustre, sin brillo. Y yo, Sarah Durham, sentada aquí esta noche rodeada principalmente de jóvenes (o gente que me parece joven), me encuentro exactamente en la misma situación que la innumerable masa de gente que es fea, deforme o lisiada, o que padece terribles problemas de piel. O le falta aquello tan misterioso que se denomina ‘atractivo sexual’. “

Doris Lessing
(De nuevo, el amor)




"Las opciones del domingo porteño son pocas y precisas, la iglesia y los ravioles, el fútbol y los burros, el ciclismo y los balnearios, el picnic y la visita a los familiares, el cine y los bailes, el bodegón y la milonga. Ciudad moderna, los domingos tienen esa penetrante tristeza enmascarada con gritos y risas y el mejor traje, tienen la caída de hombros del que vagamente busca escapar a la alienación de la semana y de la vida, encontrar una reconciliación que todo le niega y que solo la esperanza vestida de gol o de batacazo le muestra desde lejos. "

Julio Cortazar
Foto: "Picadito" (Del Libro Buenos Aires Buenos Aires)



Cuando Perdida Vago

Cuando perdida vago entre sombrías
piedras sin luz y sin admiración
llego arrepentida a tu mansión,
a tus secretas y hondas galerías

donde me espera lo que me ofrecías.
Allí encuentro tu luz y tu pasión,
allí comprendo sin superstición
que me llenas de dicha y de agonías.

Quien no me sigue allí me perderá..
Quien no me busca allí no arrancará.
una sola respuesta de mis labios.

En tus rosales de oro, está el futuro,
lo que veneraré, lo que es más puro
porque tus pensamientos son los sabios. 

Silvina Ocampo

Foto: Sara Facio en el atelier de Silvina Ocampo



S

20 de febrero de 2013


En la Place René Cassin, junto al Jardin de Les Halles y a las puertas de la Iglesia de Saint Eustache (San Eustaquio) existe una magna escultura que es poco conocida por los visitantes de París pero que llama la atención por su magnitud y por su originalidad.

Nos estamos refiriendo a "L´écoute", cuya traducción puede ser "La Escucha". Esta obra fue realizada por "Henri de Miller".

Es simple, pues sólo consta de una cabeza humana inclinada hacia la derecha, acompañada de una gran mano derecha simulando el gesto de agudizar la escucha de algún sonido lejano o poco sonoro.
Por su situación, junto a un centro comercial de la magnitud de Les Halles y en un parque como el Jardín del mismo nombre, esta escultura sirve de recreo a los niños que la merodean para jugar y subirse a ella.
Esta escultura fue realizada en 1986.

La foto de Sara Facio es del año 1990.

Fauna y flora del río

Este río sale del cielo y se acomoda para durar,
estira las sábanas hasta el pescuezo, y duerme
delante de nosotros que vamos y venimos.
El río de la plata es esto que de día
nos empapa de viento y gelatina, y es
la renuncia al levante, porque el mundo
acaba con los farolitos de la costanera.

Más acá no discutas, lee estas cosas
preferentemente en el café, cielito de monedas,
refugiado del fuera, del otro día hábil,
rondado por los sueños, por la baba del río.

Casi no queda nada; sí, el amor vergonzoso
entrando en los buzones para llorar, o andando
solo por las esquinas (pero lo ven igual
guardando sus objetos dulces, sus fotos y leontinas
y pañuelitos guardándolos en la región de la vergüenza,
la zona de bolsillo donde una pequeña noche murmura
entre pelusas y monedas.

Para algunos todo es igual, mas yo
no quiero a Rácing, no me gusta
la aspirina, resiento la vuelta de los días, me deshago en esperas,
puteo algunas veces, y me dicen qué le pasa amigo,
viento norte, carajo.

Julio Cortazar
Foto: Costanera Norte (Del Libro Buenos Aires Buenos Aires)


EL AMOR

¡Ah, suave afán, cabal e inútil pena,
clima de una piel tibia como un trino,
en secreto misterio la cadena
forjando está con sólo ser divino!
Astral tonicidad de sus recreos,
preciosa soledad de sus combates,
en linterna de alarma sus deseos
quemando está de campos a penates.
Eternidad de pétalo de rosa,
silencio azúl de álamo que aroma,
manjar de sombra con calor de esposa,
fruto prohibido que en el polen yerra,
tejiendo está con alas de paloma,
el vestido de novia de la Tierra.

Miguel Angel Asturias
Foto: Actos de Fe en Guatemala



19 de febrero de 2013

Eran las dos y pico de la madrugada, cuando, bajo una lluviecita persistente, abrí la puerta de mi departamento. Estaba a oscuras, vacío, y sobre la cama había una cartita escrita a lápiz sobre ese papel amarillo rayado que teníamos en la cocina para anotar los asuntos del día. Era un modelo de hielo y laconismo: "Ya me cansé de jugar al ama de casa pequeñoburguesa que te gustaría que fuera. No lo soy ni lo seré. Te agradezco mucho lo que has hecho por mí. Lo siento. Cuídate y no sufras mucho, niño bueno".

Desempaqué, me lavé los dientes, me acosté. Y estuve el resto de la noche pensando, divagando. ¿Esto habías estado esperando, temiendo, no? Sabías que iba a ocurrir tarde o temprano, desde que, siete meses atrás, instalaste a la niña mala en la rue Roseph Granier. Aunque, por cobardía, hubieras tratado de no asumirlo, de esquivarlo, engañándote, diciéndote que ella, por fin, después de esas horribles experiencias con Fukuda, había renunciado a las aventuras, a los peligros, y que se había resignado a vivir contigo. Pero siempre supiste, en el fondo de los fondos, que aquel espejismo duraría sólo lo que durase su convalecencia. Que la vida mediocre y aburrida que llevaba contigo la cansaría y que, una vez que recobrase la salud, la confianza en sí misma y se le evaporara el remordimiento o el miedo a Fukuda, se las arreglaría para encontrar a alguien más interesante, más rico y menos rutinario que tú, y emprendería una nueva travesura.

Apenas hubo algo de luz en la claraboya, me levanté, me preparé un café y abrí la pequeña cajita de seguridad donde tenía siempre una cantidad de dinero en efectivo para los gastos del mes. Se lo había llevado, naturalmente. Por lo demás, no era gran cosa. ¿Quién sería, esta vez, el dichoso mortal? ¿Cuándo y cómo lo habría conocido? Durante alguno de mis viajes de trabajo, sin duda. Tal vez en el gimnasio de l''avenue Montaigne, mientras hacía aerobics y nadaba.

Mario Vargas Llosa
(Fragmento de "Travesuras de la niña mala", 2.006)




" Ella no dijo nada; el sabor del whisky era agradable, fresco y con cierto amargor apenas sensible; el salón servía de refugio a la huida final de la tarde; entró un hombre vestido con traje de brín blanco y una camisa oscura y un pañuelo de puntas castaño saliéndole por el bolsillo del saco - miró a su alrededor y fue a sentarse al lado del mostrador y el patrón levantó los ojos y lo miró y el mozo vino y pasó la servilleta sobre la mesa y escuchó lo que el hombre pedía y luego lo repitió en voz alta; el hombre de la mesa lejana que oía al que hablaba volublemente volvió unos ojos lentos y pesados hacia el cliente que acababa de entrar; un gato soñoliento estaba tendido sobre la trunca balaustrada de roble negro que separaba dos sectores del salón, a partir de la vidriera donde se leía, al revés, la inscripción: "Café de la Legalidad"; ella pensó: ¿por qué se llamará café de la Legalidad? - una vez había visto, en el puerto, una barca que se llamaba Causalidad; ¿qué quería decir Causalidad, por qué había pensado el patrón en la palabra Causalidad, qué podía saber de Causalidad un navegante gris a menos de ser un hombre de ciertas lecturas venido a menos?; tal vez tuviera que ver con ese mismo desastre la palabra Causalidad; o sencillamente habría querido poner Casualidad -es decir, podía ser lo contrario, esa palabra, puesta allí por ignorancia o por un asomo de conocimiento-; junto a la tintorería, las puertas ya cerradas pero los escaparates mostrando el acumulamiento ordenado de carátulas grises, blancas, amarillas, con cabezas de intelectuales fotográficos y avisos escritos en grandes letras negras.
(...)
Estuvieron allí un rato más y luego salieron; echaron a andar por esas calles donde rodaban la soledad, la pobreza y el templado aire nocturno; parecía haberse establecido entre los dos una atmósfera, una temperatura que no tenía nada que ver con el clima de la calle; caminaron unas pocas cuadras, hasta el barrio céntrico donde ardían los arcos galvánicos, y entraron en el restaurante. ¡Qué risas, estrépito, hablar de gentes! Sostenía la orquesta de diez hombres su extraño ritmo; comieron en silencio; de vez en cuando cruzaba entre los dos una pregunta, una réplica; no pidieron nada después del pavo frío; más que la fruta, el café; la orquesta sólo se imponía pequeñas pausas.
Cuando salieron, cuando los recibió nuevamente el aire nocturno, la ciudad, caminaron un poco a la deriva entre las luces de los cinematógrafos. Él estaba distraído, exacerbado, y ella miraba los carteles rosa y amarillo - habría deseado decir muchas cosas, pero no valía la pena, callaba. -Volvamos a casa -dijo él-. No hay ninguna parte adonde ir. "

Eduardo Mallea
La ciudad junto al río inmóvil (fragmento) 

 Foto: Avenida 9 de Julio y Avenida Córdoba. (Del Libro Buenos Aires Buenos Aires)


17 de febrero de 2013



Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina...

XIV
Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina
como un extraño objeto tormentoso entre indecibles faunas,
o a desaparecer en las complicidades del follaje
con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde,
o eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda.
Henchías los armarios con organismos palpitantes
o poblabas los vestidos vacíos con criaturas decapitadas y fantasmas.
Fuiste pájaro y grillo, musgo ciego y topacios errantes.
Ahora sé que tratabas de despistar a tu perseguidora con efímeras máscaras.
No era mentira el túnel con orejas de liebre
ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas.
Te alcanzó tu enemiga poco a poco
y te envolvió en sus telas como con un disfraz de lluviosos andrajos.
Saliste victoriosa en el irreversible juego de no estar.
Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un vidrio frío por mi espalda.
Y entonces ese insecto radiante que tiembla entre las flores,
la fuga inexplicable de las pequeñas cosas,
un hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser,
¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen?

Olga Orozco
(De "Cantos a Berenice" 1920)


UNO

Como todos los veranos, el parque se convier­te en solárium. Llegan los vecinos con sus bártulos y a falta de mar, lago o charco, suelen rociarse con agua mineral. Reina un silencio salpicado por chillidos de horneros y benteveos, y el rumor del tráfico parece asordinarse, chocando contra los viejos troncos.

Los asoleados no se hablan, yacen como lagartos, muchos de ellos prisioneros de sus auriculares. Abundante gafa oscura, alguna revista, algún diario, quizás un libro. Y el ritual de untarse de bronceador, como si estuvieran en la playa.

Una bañista se incorpora, se alza los anteojos sobre la frente, otea el cielo con ansiedad porque avanza una nube, se despereza y en un rapto de percepción de la realidad, divisa a los intrusos y estira una mano lánguida hacia su vecina.
La invasión era discreta y solemne, pero fue ganando la curiosidad de la multitud aletargada, como ese temblor contagioso que anuncia un sismo o el paso de un prójimo célebre.

Entraba una comitiva de gente mayor, que en esa candente mañana parecían llegados del invierno. Como extranjeros, como aparecidos. Traje oscuro los hombres, discretos vestidos las mujeres. A la cabeza del cortejo iba una señora con guantes calados, portadora de un objeto venerable: una caja de bordes dorados sostenida con mucho miramiento.
La dama también llevaba anteojos negros, pero antiguos, a los que se apela no para tomar sol sino para ocultar lágrimas. Andaba indecisa, sus compañeros la sostenían con delicadeza, y todos murmuraban y señalaban puntos del suelo, rastros en el pasto ralo, reseco y profanado por los perros.

Cerca de la esquina de Coronel Díaz, junto a una placa plantada en tierra (Aquí se fusiló a la Patria) y rodeada por un cerco de hierros, la que llamaremos Viuda se detuvo a la sombra de un ciprés.
Acarició la urna, se secó una lágrima, el cortejo se apretujó junto a ella y al rato fue rodeado por algu­nos curiosos: una chica se levantó desganada de su reposera, con una toalla a la cintura, un lector abandonó su banco a la sombra, cambió de anteojos y se cubrió la calva con el diario. Dos chicos se apearon de sus bicicletas, un mendigo interrumpió su búsqueda de supuestos tesoros olvidados en el yuyal.

Y la Negra, como siempre, curioseando los movimientos del barrio.
Hubo secreteos y gestos contradictorios en el séquito. Por un lado se sentían víctimas de una curiosidad irrespetuosa, pero por otro, los desconocidos aliviaban su soledad de grupo.
Un anciano corpulento, de traje negro y camisa blanca abierta sobre las solapas, acomodó sus mocasines también blancos sobre un exiguo montículo, extrajo papeles del bolsillo e iba a leerlos, cuando la Viuda se lo impidió con un gesto que tenía algo de sublime.
Algunos curiosos se apartaron y a otros los petrificó la curiosidad, porque la escena tenía mucho de rito teatral, y eso es irresistible, sobre todo para los ociosos.

Se hizo un silencio incómodo que los asoleantes aprovecharon para inventariar el peinado antiguo, el vestido de gasa y las modestas pero abundantes joyas de la Viuda, que parecía maquillada para una función nocturna. Y entonces se dirigió a amigos y curiosos, con voz temblorosa pero acostumbrada a imponer.

—Los invito a acompañarnos. Mi finado esposo quiso que esparciéramos sus cenizas en este parque y cumplimos su voluntad. Espero que no se molesten por esto.
Los curiosos negaron con la cabeza, pero estaban indignados y fácilmente podía leerse en sus expresiones: esto no es un cementerio, señora, es un lugar para nuestro exclusivo esparcimiento, estas cosas traen mala suerte. Para esto, hubieran venido de noche ¿no hay policía aquí?

La Viuda y otros deudos peregrinaron de árbol en árbol, hasta que ella se detuvo al pie de una palmera y buscando asentimiento, abrió la tapa y esparció las cenizas en un charco, para que no se volaran.
Se persignó y los demás la imitaron, murmurando una oración, mientras los curiosos vacilaban, menos el vagabundo, que se santiguó generosamente.

Emprendieron la retirada hacia Coronel Díaz, dubitativos entre saludar con un gesto a los vecinos o salir dignamente sin mirar a nadie. El señor del diario sobre la cabeza se acercó y le dio la mano a la Viuda y después se arrepintió pensando que no había necesidad.
La multitud retomó aliviada su imperio sobre el parque, pero se había nublado, los pájaros callaban y sobrevino un clima de rareza, ese rastro que dejan los aguafiestas.
La Negra se apartó sin decir palabra pero con los ojos húmedos, meneando la cabeza.

María Elena Walsh
(Fragmento de "Fantasmas en el Parque". Alfaguara, 2008)