29 de diciembre de 2013








HAPPY NEW YEAR

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, 
urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones
el canto de los gallos, el amor de los hombres.-


Julio Cortázar









26 de diciembre de 2013




«Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. 
Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. 

Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». 

El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije― . Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente . Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».

Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos: y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador.

Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. 

Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ― …en calor», antes que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador».

Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.

Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».

Gabriel García Márquez 
(Fragmento de su cuento "Ojos de perro azul")







25 de diciembre de 2013





FELIZ CUMPLEAÑOS SUSANA RINALDI! 


PARA CANTARLE A MI GENTE
(Milonga)

Milonga así,
para cantarle a mi gente.
De tanto verla olvidada,
le arrimo mi canto,
le doy esperanza.

Milonga así,
para cantarle a mi gente.
Yo canto para encontrarla
y si ella me escucha
mi canto hace falta.

Busco su voz
para cantar.
Su garganta es mi garganta.
Con ella estoy.
Vamos a andar
su camino en la mañana.

Milonga así,
para cantarle a mi gente.
En estas mismas palabras
se va la paciencia
que ya se le acaba.

(Final)
De ella misma
aprendí,
lo que a ella le daré.
Con su voz,
que es mi voz,
en milonga cantaré.

Héctor Negro - Osvaldo Avena








23 de diciembre de 2013






VIVIR EN BUENOS AIRES 

Sé que cada día te reinvento en mí...
sé que en otra parte ya no se vivir.
Pero acaso vos no sepas bien
que como yo no existe quien...
¡te quiera así!

¡Buenos Aires!...
Es inútil respirar con otro aire,
soy por siempre de tu gracia
Bueno Aires,
del desaire que hay en vos...

Tantas veces,
me ha dolido algún lugar que se parece
y he deseado tantas otras,
muchas veces,
no existiese el tal dolor

¡Buenos Aires!
Ya no quiero amanecer en otra aurora,
ni sentir que una nostalgia punzadora
me devora el corazón.

¡Buenos Aires!
En tu puerto quiero atar mi vieja barca,
elegirte para siempre mi comarca
y llevar como una marca, tu canción...

¡Buenos Aires!
Mi ternura es una oleada que te abraza
que se nutre de tu pan con gusto a casa
y se muere de amor, por vos...

ELADIA BLAZQUEZ







21 de diciembre de 2013




JIRAFAS

Si algo me molestaba era sentirme objeto de una observación constante. No porque pensara que querían meterse en mi vida o creyera que me espiaban con intenciones aviesas. Resultaba... no sé cómo decirlo, incómodo para mí que cada vez que saliera al patio las encontrara con la cabeza por encima del tapial. Era una familia rara. Yo saludaba: —Buen día– y jamás devolvían el saludo. Me costaba además enfrentar esas miradas tristes, de una melancolía infinita, que me lanzaban a través de las gruesas pestañas. Intuía que habían sufrido infortunios, pero todo el mundo padece los propios y no era el caso de compartirlos. Tampoco lo deseaban en apariencia. De ser así, me hubieran devuelto el saludo, iniciado una conversación. Estaban mudas. Yo me acercaba a la tapia, generalmente de noche, para tratar de retener unas palabras sueltas, el barullo de una discu­sión, algún jolgorio, el ruido del televisor encendido. Nada, no ponían ni siquiera la radio. En muchos as­pectos eran vecinas ideales. No reñían, jamás me despertó un escándalo, jamás tuve que golpearles la pared requiriéndoles decoro.

Sin embargo hubiera preferido otras vecinas. Temprano, en la mañana, cuando yo quería disfrutar del fresco en la soledad del patio que corría a lo lar­go de la casa, ya estaban ellas sometiéndome a su observación constante. Oteaban hacia el patio como lo habían hecho en la inmensidad de la sabana o de la estepa, con la misma atención.
Me incordiaban, y también me producían desaso­siego; esos ojos de extrema dulzura me contagiaban su melancolía. No sabía por qué miraban así, a un desconocido, a un extraño. Inexplicablemente, yo quería reparar esa melancolía, me sentía en deuda, responsable, como si la hubiera provocado en cierta forma, o encerrara un secreto que me concernía y yo fuera incapaz de comprender. Pero se limitaban a quedarse mudas, ni siquiera las oía hablar entre ellas cuando resultaba evidente que, como a cual­quier mortal, les sobraban temas de conversación, empezando por lo más cercano e inmediato: la sa­lud, la comida, la crianza. Y si despreciaban estos temas por menudos había otros disponibles en la inmensidad del universo. 

Ese mutismo, que se volvía más patente cuando se asomaban con las cabezas aladas por encima del tapial, contribuía a mi malhumor, sobre todo a mi tristeza.
En invierno desaparecieron por unos días. Hacía frío, había helado en la madrugada. Cayó después una lluvia entre relámpagos, tan copiosa que esfumó la luz en un instante. Empapándome hasta los huesos, tomé una escalera y la apoyé en el muro de ladrillos. Necesité un momento para acostumbrarme a la falta de luz. El terreno que lindaba con el mío estaba desierto. Lo contemplé a través de una cortina de agua, ni un pajarito ni una jirafa.

Al mediodía la lluvia había cesado. Insistí para una corroboración total, quizás habían emigrado o se habían ido de viaje. Mi ánimo se aligeró. Montado en la escalera, atisbé a la altura de mis ojos.
Bajo el cielo plomizo, las jirafas adultas, con de­licadeza increíble, rumiaban las hojas altas de una acacia espinosa y las crías, abriendo mucho las pa­tas, aprovechaban unas plantas rastreras. Con una lengua que medía metros, las jirafas adultas torcían las ramas acercándolas a la boca. Entonces, una de ellas me vio. Levantó todavía más el cuello, golpeó nerviosamente el anca con el penacho de la cola, y en seguida, estremeciéndose, las crías enderezaron las patas, se alzaron, y como si hubieran recibido un aviso, corrieron en tropel hacía la casa. Las otras las siguieron, desparramando agua de los charcos. Me sentí despechado, ellas podían mirarme a su antojo y yo no. ¿Qué significaba yo? ¿Un estorbo? ¿Una ame­naza, un intruso indeseable?

Me fui al campo, no demasiado lejos, apenas a unos kilómetros de distancia. Recogí montones de hojas de los árboles, arranqué tallos y plantas ras­treras, llené una bolsa y la traje en el auto. Cuando regresé, la tarde se había tornado diáfana, el sol borraba los rastros del frío. Las cabezas aparecieron sobre el tapial. Corrí a buscar la bolsa, exhibí con un gesto de ofrecimiento las hojas y los tallos. Creí que se mostrarían reconocidas. No obtuve un estreme­cimiento de las narices, tampoco una mirada codi­ciosa. Menos una palabra. Desaparecieron sin ruido.
No me permití sentirme afectado por una acti­tud que a primera vista hubiera podido entenderse como una manifestación de desprecio. Monté en la escalera cargando la bolsa. Había ido al campo, ha­bía regresado con generosas intenciones, y no me resignaba a la frustración.

Esparcí hojas, tallos y plantas rastreras a lo largo del tapial, en la parte alta. Al día siguiente, se las ha­bían comido. Ningún vestigio de verde, salvo un poco de musgo. Lo festejé: si habían aceptado la comida, no rechazarían mi presencia. La lógica me decía que este cambio de actitud iniciaría una nueva rela­ción entre nosotros, una relación de estima mutua, de pequeños favores. Guardé la esperanza de que no me desairaran cuando yo asomara la cabeza y, del mismo modo, cuando ellas lo hicieran accedieran a conversar, como con un buen vecino. Entraría­mos en confianza, una palabra llevaría a la otra, y entonces, yo podría formular aquella pregunta acu­ciante sobre la melancolía y la dulzura.

En un momento de la mañana, aparecieron to­das oteando como siempre por encima del tapial. Yo había tomado una decisión: las interpelaría directamente y deberían ser muy groseras para no contes­tarme. Me dirigí a la jirafa alta quien en apariencia tenía la voz cantante, era la que trasmitía mensajes en código con el penacho de la cola, su cuello se destacaba claramente por encima de la pared mos­trando su entramado de blancas líneas sobre la piel oscura. Inquirí por su estado de salud. Si me oyó, no lo supe. No le saqué una palabra. Su boca parecía sonreír pero ya había observado que era su expresión habitual y no significaba nada.

Esta situación me ensombrecía. Ellas me conta­giaban su tristeza y yo quería saber por lo menos qué infortunios la habían provocado y cómo podían seguir mirando no obstante con semejante dulzura. Nunca había conocido seres a quienes el dolor no agraviara. Después de tantas hojas y tallos, de tantos intentos de charla, era justo que conociera el secre­to de esa dulzura, si se debía a la conjunción de la pena y el consuelo, del dolor y la mansa aceptación del dolor. En el fondo, ya que esa tristeza me había caído de regalo, quería apropiarme de esa sabidu­ría que me faltaba, por qué en mí la melancolía era amarga y en ellas dulce como la miel.

Fui al campo y de nuevo hice acopio de hojas, de tallos, de plantas rastreras. En las primeras horas de la noche las esparcí sobre el tapial y al día siguiente habían dado cuenta hasta de la menor hojita.
Esto se transformó en una costumbre. Les procura­ba alimento y ellas se lo comían. El mío no era un tra­bajo menor. Esperé pacientemente para que les pudiera nacer la gratitud, hasta que una mañana, cuando se asomaron, pregunté: —Las hojas, ¿estaban buenas?
Debían de estar más que buenas, había observado que comían hojas con espinas, tallos duros, cuando yo les aportaba tiernos vegetales, primicias tempra­neras impregnadas de savia. Como cualquiera que emplea su tiempo en la atención de un semejante, esperaba una respuesta mínima.
Las otras siguieron oteando, sin concederme ninguna, pero la más alta inclinó la cabeza con los cuernitos dorados de pelambre, y lo tomé como una afirmación.

Ese día no obtuve más. Los sábados y domingos iba al campo, traía bolsas y bolsas de comida. Montado en la escalera, la disponía en cantidades generosas sobre la superficie del tapial. Cuando yo saludaba: —Buen día— y agregaba —¿Les alcanzó? ¿Comieron bien?— la más alta inclinaba la cabeza. Dirigiéndose a mí indudablemente, me miraba con esos ojos grandes y separados, pesarosos.
Un día pensé que era el momento justo para la pregunta crucial. Nada se interponía en el camino. Les había dado pruebas de afección, había tenido paciencia durante largos meses. Al cabo había conseguido un fruto no desdeñable: esas inclinaciones de cabeza de la jirafa alta, esas miradas de reconoci­miento. Pero ahora, con seguridad, intuyendo mi inquietud, ella ya estaría esperando que fuera al meo­llo del asunto para explayarse como una cotorra.
Entonces me atreví. —¿Por qué tanta melancolía? —pregunté. —Y esa dulzura.

De pronto hubiera querido volver atrás. Ante una interpelación demasiado tajante temí que hu­yera, que golpeara el anca con la cola empenacha­da y todas desaparecieran de golpe. Sin embargo, ella no varió de posición y debo decir que tampoco las demás que siguieron con sus rígidos y gracio­sos movimientos de cuello, cada una hacia dife­rentes lugares.
Mi pregunta había quedado sin respuesta. Con prudencia, bajando el tono, insistí en dirección a la jirafa alta. Sus orejas horizontales se movieron lige­ramente. Oí una especie de bufido y después la voz amable, un poco ronca.
Me asaltó un pasmo tal al oírla que tras tantos es­fuerzos por establecer un diálogo, estuve a punto de quedarme mudo. Aunque me aclaró aquel misterio sobre la melancolía y la dulzura, tampoco el diálogo se desarrolló como había imaginado. En cierta forma, había tenido todas las respuestas delante de los ojos incluso antes de que aparecieran las jirafas por enci­ma del tapial. Pero es así. Negándonos al sufrimiento, somos ciegos al color de lo evidente.

—¿Dulzura?— repitió, y guardó un largo silencio. No supe si se había distraído o rehusaba contestarme. Su boca sonreía. —Se tiene o no se tiene— terminó por decir.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Y la melancolía?— pregunté decepcionado.
—No sé. Dicen que se debe a las pestañas, tan grue­sas que nos velan los ojos.
—¿Las pestañas ?
—Nos dan esa expresión. Parece.
—¿Sólo eso?
—Sólo eso
Fatigada, se le escapó un sonido ronco. —Ade­más...— dijo, y dejó la frase inconclusa. Dirigió una mirada de preocupación a las crías. Las espantó con un golpe de cola en el anca, como si quisiera proteger su inocencia, librarlas de un conocimien­to fatal.
—¿Además?— la alenté, el corazón apretado.
No me contestó hasta que las crías desaparecie­ron en la casa. Suspiró y volvió los ojos hacia mí. —Además... el mundo es triste—, y con esa boca cuya sonrisa no significaba nada, dulce y melancólicamen­te agregó: —¿No lo sabías?

GRISELDA GAMBARO












19 de diciembre de 2013






ALIANZA

Ni el corazón cortado por un vidrio
en un erial de espinas,
ni las aguas atroces vistas en los rincones
de ciertas casas, aguas como párpados y ojos,
podrían sujetar tu cintura en mis manos
cuando mi corazón levanta sus encinas
hacia tu inquebrantable hilo de nieve.

Nocturno azúcar, espíritu
de las coronas,
redimida
sangre humana, tus besos
me destierran,
y um golpe de agua con restos del mar
golpea los silencios que te esperan
rodeando las gastadas sillas, gastando puertas.

Noches con ejes claros,
partida, material, únicamente
voz, únicamente
desnuda cada día.
Sobre tus pechos de corriente inmóvil,
sobre tus piernas de dureza y agua,
sobre la permanencia y el orgullo
de tu pelo desnudo,
quiero estar, amor mío, ya tiradas las lágrimas
al ronco cesto donde se acumulan,
quiero estar, amor mío solo con una sílaba
de plata destrozada, solo con una punta
de tu pecho de nieve.

Ya no es posible, a veces
ganar sino cayendo,
ya no es posible, entre dos seres
temblar, tocar la flor del río:
hebras de hombre vienen como agujas,
tramitaciones, trozos,
familias de coral repulsivo, tormentas
y pasos duros por alfombras
de invierno.

Entre labios y labios hay ciudades
de gran ceniza y húmeda cimera,
gotas de cuándo y cómo, indefinidas
circulaciones:
entre labios y labios como por una costa
de arena y vidrio, pasa el viento.

Por eso eres sin fin, recógeme como si fueras
toda solemnidad, toda nocturna
como una zona, hasta que te confundas
con las líneas del tiempo.
Avanza en la dulzura,
ven a mi lado hasta que las digitales
hojas de los violines
hayan callado, hasta que los musgos
arraiguen en el trueno, hasta que del latido
de mano y mano bajen las raíces.

Pablo Neruda 








17 de diciembre de 2013



Telegramas

Una esperanza cambió con su hermana los siguientes telegramas, de Ramos Mejía a Viedma:
OLVIDASTE SEPIA CANARIO. ESTUPIDA. INÉS. ESTUPIDA VOS. TENGO REPUESTO. EMMA.
Tres telegramas de cronopios:
INESPERADAMENTE EQUIVOCADO DE TREN EN LUGAR 7.21 TOMÉ 8.24 ESTOY EN SITIO RARO. HOMBRES SINIESTROS CUENTAN ESTAMPILLAS. LUGAR ALTAMENTE LUGUBRE. NO CREO APRUEBEN TELEGRAMA. PROBABLEMENTE CAERÉ ENFERMO. TE DIJE QUE DEBIA TRAER BOLSA AGUA CALIENTE. MUY DEPRIMIDO SIÉNTOME ESCALON ESPERAR TREN VUELTA. ARTURO.
NO. CUATRO PESOS SESENTA O NADA. SI TE LAS DEJAN A MENOS, COMPRA DOS PARES, UNO LISO Y OTRO A RAYAS.
ENCONTRÉ TIA ESTHER LLORANDO, TORTUGA ENFERMA. RAIZ VENENOSA, PARECE, O QUESO MALAS CONDICIONES. TORTUGAS ANIMALES DELICADOS. ALGO TONTOS, NO DISTINGUEN. UNA LASTIMA.

Julio Cortázar. 
(Historias de cronopios y de famas)






16 de diciembre de 2013




"Desde luego, señores, la razón es una cosa excelente: de esto no hay duda. Pero la razón es la razón, y sólo satisface a la facultad razonadora del hombre. En cambio, el deseo es la expresión de la totalidad de la vida humana, sin excluir de ella la razón ni los escrúpulos; y aunque la vida, tal como ella se manifiesta, suela tener un aspecto desagradable, no por eso deja de ser la vida y no la extracción de una raíz cuadrada. 

Yo deseo vivir dando satisfacción a todas mis facultades vitales y no únicamente a mi facultad de razonar, que no representa, en suma, sino la vigésima parte de las fuerzas que hay en mí. ¿Qué sabe la razón? Únicamente lo que ha aprendido (nunca sabrá más, seguramente. Esto no es un consuelo, pero no hay que disimularlo). En cambio, la naturaleza humana obra con todo su peso, por decirlo así, con todo su contenido, a veces con plena conciencia y a veces inconscientemente. Comete algunas pifias pero vive. Sospecho, señores, que ustedes me miran con cierto desdén: me repiten que a un hombre culto, al hombre del porvenir, en una palabra, le es imposible desear deliberadamente lo que es contrario a sus intereses. Esto es tan claro como las matemáticas. Estoy completamente de acuerdo: tiene una claridad y una exactitud matemáticas. 

Pero les repito por centésima vez que existe una excepción, que hay hombres que pueden desear lo que saben que es desfavorable para ellos, lo que les parece estúpido, insensato; hombres que obran así sólo por eludir la obligación de escoger lo provechoso, lo digno. Porque esa insensatez, ese capricho, es quizá, señores, lo más ventajoso que existe para nosotros en la tierra, sobre todo en ciertos casos. Incluso es posible que esta ventaja sea superior a todas las demás aunque sea evidente que nos perjudica y contradice las conclusiones más sanas de nuestro razonamiento. Y es que nos conserva lo principal, lo que más queremos: nuestra personalidad."


Fiódor Dovstoyevski
(Memorias del subsuelo) 








11 de diciembre de 2013



EL DIA QUE ME QUIERAS


Acaricia mi ensueño
el suave murmullo de tu suspirar,
¡como ríe la vida
si tus ojos negros me quieren mirar!
Y si es mío el amparo
de tu risa leve que es como un cantar,
ella aquieta mi herida,
¡todo, todo se olvida..!

El día que me quieras
la rosa que engalana
se vestirá de fiesta
con su mejor color.
Al viento las campanas
dirán que ya eres mía
y locas las fontanas
me contarán tu amor.
La noche que me quieras
desde el azul del cielo,
las estrellas celosas
nos mirarán pasar
y un rayo misterioso
hará nido en tu pelo,
luciérnaga curiosa
que verá…¡que eres mi consuelo..!

Recitado:
El día que me quieras
no habrá más que armonías,
será clara la aurora
y alegre el manantial.
Traerá quieta la brisa
rumor de melodías
y nos darán las fuentes
su canto de cristal.
El día que me quieras
endulzará sus cuerdas
el pájaro cantor,
florecerá la vida,
no existirá el dolor…

La noche que me quieras
desde el azul del cielo,
las estrellas celosas
nos mirarán pasar
y un rayo misterioso
hará nido en tu pelo,
luciérnaga curiosa
que verá… ¡que eres mi consuelo!
   

Carlos Gardel, Alfredo Le Pera






9 de diciembre de 2013






YO VIVO EN UNA CIUDAD

Yo vivo en una ciudad
donde la gente aun usa gomina
donde la gente se va a la oficina
sin un minuto de mas

Yo vivo en una ciudad
donde la prisa del diario trajín
parece un film de Carlitos Chaplín
aunque sin comicidad

Yo vivo en una ciudad
que tiene un puerto en la puerta 
y una expresión boquiabierta
para lo que es novedad

y sin embargo yo quiero a ese pueblo
tan distanciado entre sí, tan solo
porque no soy más que alguno de ellos
sin la gomina, sin la oficina
con ganas de renovar

Yo adoro a mi ciudad
aunque su gente no me corresponda
cuando condena mi aspecto y mis hondas
con un insulto al pasar

Yo adoro a mi ciudad
cuando las chicas con sus minifaldas
parecen darle la mágica espalda
a la inhibición popular

Yo adoro a mi ciudad
aunque me acuse de loco y de mersa
aunque guadañe mi pelo a la fuerza
en un coiffeur seccional.

y sin embargo yo quiero a ese pueblo
porque mi incita le rebelión
y porque me da infinito deseos 
de contestarles y de cantarles
mi novedad, mi novedad

Miguel Cantilo








6 de diciembre de 2013






CUANDO YA ME EMPIECE A QUEDAR SOLO


Tendré los ojos muy lejos
y un cigarrillo en la boca,
el pecho dentro de un hueco
y una gata medio loca.

Un escenario vacío,
un libro muerto de pena,
un dibujo destruído
y la caridad ajena.

Un televisor inútil
eléctrica compañía,
la radio a todo volumen
y una prisión que no es mía.

Una vejez sin temores
y una vida reposada,
ventanas muy agitadas
y una cama tan inmóvil.

Y un montón de diarios apilados
y una flor cuidando mi pasado
y un rumor de voces que me gritan
y un millón de manos que me aplauden
y el fantasma tuyo, sobre todo
cuando ya me empiece a quedar solo.


Sui Generis - Charly García